domingo, 5 de junio de 2011

Un relato de Antonio Di Benedetto

El desesperado manso
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...Cuando mataron a Rolando...Bien, me sentí libre. Por lo menos, estaba libre del asedio a mi mujer, no por sutil y embozado, desconocido para mí. Presentí siempre que se trataba de una ronda no consumada y al producirse la defunción advertí también que la ronda proseguiría. Pero en adelante sería sólo la ronda de un muerto, que muy probablemente habría de fatigarla por incorpórea e invariable en sus posibilidades. Esto no ocurriría a plazo breve, claro está, porque la muerte cruenta del sujeto determinó, como era natural, una violencia dolorosa en los sentimientos de ella.
...A pesar de eso...¡Yo, estúpido, que no lo comprendí a tiempo! Al verlo por primera vez debí llevármela lejos, sustraerla a la nueva tentación, manifiestamente doble en este caso. Ya no era el muerto. No era nada más que el hermano del muerto. Pero, era el hermano del muerto.
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...Si bien entiendo que, de ocurrir, a mí se me mantendría un puesto ajeno a la representación, ignoraba que, no siendo siquiera espectador, presenciaría la salida del actor.
...No me vio. Nada hice.
...Diez horas más tarde, con un café con leche en el estómago, que me pesaba como el cansancio acumulado de la noche en vela, el espíritu sin embargo lúcido, como extraño a tanta sombra recogida en tanta calle, me presenté en su escritorio. Tres más aguardaban, pero en cuanto recibió mi tarjeta los pospuso. Entré y permanecí a dos pasos de la puerta, de pie, mirándolo no sé cómo.
- Soy el marido -le dije.
- Lo sé -me contestó.
...Y yo no supe qué agregar, imaginando, con olvido de todo lo demás, mi cara de desesperado manso.
...Me invitó a tomar asiento, y me trataba como a un anciano enfermo y yo me sentía viejo y vencido por males súbitos e insospechados. Me senté y mi mano derecha apresaba, con la punta de los dedos, el vidrio y el borde de madera del escritorio.
- ¿Y bien?... -le dije.
- Tenemos que hablar - me contestó.
...Desgraciadamente, parece que eso es lo que yo quería. Yo deseaba que hablara, que se explicará. Deseaba -tal vez- quedar satisfecho con una conversación en la que escuchara abundantes palabras de disculpa, algo así como una exención, de persona autorizada, desconozco por cuáles atribuciones, de sentirme agraviado u ofendido.
...Me contó lo que yo sabía: que su hermano murió cargado de plomo, tontamente. Me juró que se vengaría y que ya se estaba vengando. Que esos tipos iban a morir también, y no con plomo adentro, sino con hierro afuera, en barrotes. Despacito, despacito iban a morir. Y me confesó que él no sólo quería al hermano por hermano, sino que lo admiraba como hombre. Que a Rolando le quedaron muchas cosas por hacer; pero que él las terminaría. Una de ellas, me explicó, era amar a mi esposa. Completada ya esa tarea que Rolando dejó incompleta, yo podía estar tranquilo, porque a él le faltaba, en absoluto, interés personal.
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...En fin, ahora se dan nuevas posibilidades que en cierta medida pueden alegrarme.
...Cuando Laura se dé cuenta de que el hermano de Rolando no la quiere, la abandona, lo odiará a él, y odiará también al muerto, creo yo, porque para ella el hermano debe ser, de alguna especial manera, Rolando.
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Antonio Di Benedetto (1922, Mendoza-1986, Buenos Aires), relato de la novela El pentágono, 1955; reeditada por Adriana Hidalgo, 2005. Libros publicados, entre otros: Zama, 1956. El silenciero, 1964. Los suicidas, 1964. Cuentos del exilio, 1983. Sombras, nada más, 1985

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