viernes, 1 de octubre de 2010

La familia china

II
Son chinas las tres chicas, pintadas con el fino pincel de un copista oriental. Ojos como rendijas miran la escena de la madre, lavando el kimono en el piletón del patio. Las miradas finitas rayan las ojeras de la madre, imitación de la sombra de un árbol exótico. Le dibujan persianas cerradas para protegerla de un sol de siesta, insoportable.
...El alma china de la familia se llena como una palangana porteña al compás de los dichos maternales del agua. Y las tres chicas recuerdan, al unísono, los agujeros dejados por las balas. Los agujeros del recuerdo, multiplicados por tres, ensucian con la sangre del padre el kimono que la madre lava, infinitamente, adentro del piletón de sus propias ojeras.
...Recordar, abrir el ojal de una herida llamada ojo, provoca un dolor de sol, insoportable, entre ceja y ceja. Por eso, a la sombra de un árbol exótico, las tres chicas pintan el alma de un dragón subiendo al cielo, con el fino pincel de sus pestañas.
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V
Cuando las tres chicas se acercan, el padre cierra el abanico de sus sentimientos, de golpe. Tiene miedo el padre chino de que el calor de sus hijas desplanche las rayitas de su alma, plisadas con suma paciencia por sus antepasados.
...El miedo le hace pitar de una boquilla elongada hasta el límite. Chupa del pico el hombre, y de su boca evaporada por el humo se desprenden pensamientos finitos como el perfil de un pez raya.
...Es el opio de los pueblos con que carga su boquilla el que lo hace descifrar sus pensamientos en voz alta. "Esas tintoreras -dice de sus hijas- calientan la pava y después yo salgo hecho una planicie. Qué saben ellas, tan chiquitas, del trabajo que costó a mis antepasados imitar el oscuro abanico de las olas, escama por escama, durante milenios, hasta hacer de mi alma este biombo musical que sólo los hombres chinos saben desplegar con dignidad".
...Al escucharlo, la más china de las tres chicas desenrolla el caracol de su rodete en señal de rebelión. Cae ondulado el bandoneón de su pelo, y el padre recuerda el golpe, seco, de una sombrilla al cerrarse.
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XII
Ése es el guía, el hombre iluminado, el mismo que conduce a los parientes a través de los amargos dédalos de la ciudad. Dicen que no hay callejón ni bajo fondo que resistan el alumbrado de semejante luminaria, ni siquiera el intrincado corazón de La del Medio, la más evanescente de las chinas.
...Cada vez que un rebaño de parientes llega desde la madre patria hasta la casa familiar, el muchacho se despacha con un discurso tan brillante que deja encandilados a los asistentes: la lumbrera de su entendimiento predica, como un farol, ante cualquier indicio de oscurantismo.
...Así sucedió aquella vez. Alardes, enfatismos: el peso relumbrante de las palabras cegaba al confuso rebaño, como siempre. Ni siquiera el velo de las pausas lograba opacar, con un poco de nada, la luz hiriente del guía.
...Pero de pronto, uno de los recién llegados balbuceó ¡i-ke-ba-na!, señalando el arbolito de navidad que guiñaba sus estrellas en la ventana de un vecino. Todas las cabezas giraron al unísino, y el giro, brusco, se esfumó en el aire como el gesto de un actor de la Ópera de Pekín.
...El ritmo sincopado de las sílabas ardió en el vacío de los ojos, igual que los cometas o las panaceas cuando cruzan la boca sombría del cielo.

María del Carmen Colombo, de La familia china (1950, Buenos Aires). Poeta. La edad necesaria, 1979. Blues del amasijo, 1985. Blues del amasijo y otros poemas, 1992 y 1998. La muda encarnación, 1993. La familia china, 1999 y 2006. Los sueños del agua, 2010.

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